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Lo peor está por llegar en TV 29 de marzo de 2005

LEVANTE Mercantil Valenciano
ANTONIO VERGARA

«Hemos perdido la batalla», me dijo el otro día Lorenzo Díaz. Sí, desde hace ya muchos años, pensé, acordándome de cuando en la televisión única -al poco vino el segundo canal o UHF- podíamos disfrutar del talento de Ibáñez Serrador, Adolfo Marsillach, Antonio Gala, los Estudio 1 (obras teatrales de Pinter, Lope de Vega, Shakespeare o Arthur Miller) y de los trabajos ecologistas avant la lettre de Félix Rodríguez de la Fuente. Años 60 y 70 del siglo XX.

También había jazz. Estudio en negro, programas procedentes de EEUU, con Dexter Gordon, Phineas Newborn o Miles Davis; y Discorama (1964), dirigido por el valenciano Pepe Palau. Pocos saben que en este programa de TVE1 intervinieron algunos de los mejores jazzmen de la historia de esta música, como Errol Garner o Wes Montgomery. Se emitía, con gran cabreo de la ordinary people (menos ordinary y abundante entonces que ahora) antes del telefilme Bonanza, a las 15.45 horas, lo cual le obligaba a tragarse -sancta simplicitas!- nada menos que a Garner. A ver quién se atreve en 2005 a este diseño de programación o parrilla.

Díaz es un especialista en sociología de la comunicación. Nos conocemos desde la transición a lo de hoy, días socialistas de grotescas mudanzas de estatuas (a buenas horas, mangas verdes), como sucedáneo de su viejo credo: transformar el mundo y la sociedad.

Su último libro (La caja sucia, telebasura en España) es un texto de cabecera. Díaz es contundente: «La televisión se ha vengado de los intelectuales, que la han despreciado, y se ha entregado en brazos de la llamada ordinary people española, una de las más incultas del mundo occidental desarrollado».

En este mismo orden de pensamiento, el filósofo José Antonio Marina afirma, y a poco que se reflexione es más que obvio, que nos estamos muriendo de aburrimiento.

Efectivamente. Hoy más que nunca predomina la manada, siempre idéntica, la que, indistintamente, hace cola para ver una exposición de los guerreros chinos, de Sorolla, un partido de fútbol, el concierto de pop-rock mítico o cualquier otro gadget que se le venda. Es decir: ¿Dónde va Vicente? Donde va toda la gente. Como los ñus durante sus inevitables y fatídicas, para algunos, migraciones anuales.

Marina prosigue: «Se lee muy poco, nuestros jóvenes tienen dificultades para comprender un texto, el interés popular por la cultura es más turístico que real, hay campos como la música muy descuidados, y la programación de las televisiones se desliza hacia un encanallamiento light».

Efectivamente, y por sintetizar, nunca ha habido tanto analfabetismo musical. Cualquiera hace como que canta, toca o compone; de las letras, mejor no hablar: una basura estúpida, escritas a menudo por colgados nocturnos y diurnos. Jamás ha habido tantos indocumentados o analfabetos sensoriales con una guitarra, un bajo eléctrico o una batería entre los pies de su cerebro.

La basura, televisiva o de la otra (muchos grupos musicales y cantantes de fama son basura, también U-2, melodías ratoneras y de baratillo), se ha convertido, según Lorenzo Díaz, en el esperanto del pueblo. Como no lee, el lenguaje universal de la ignorancia más sup


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