25 de junio de 2019
 
 

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La caja sucia. Telebasura en España

Introducción

«Hacia un encanallamiento light»


Con este libro cierro mi trilogía dedicada a la televisión en España. En los dos anteriores, “La televisión en España” (1949-1995) y “La década abominable” (1989-1998), muestro la historia global de un medio que hace sus primeras pruebas en el momento en que el país escuchaba a Jorge Sepúlveda bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular.

La televisión del monopolio conoció momentos esplendorosos con guionistas de lujo como Jaime de Armiñán, Adolfo Marsillach o Antonio Gala. Hubo una etapa considerada como la edad de oro del medio, con los dramáticos de Estudio 1 o estrellas como Narciso Ibáñez Serrador, Alfredo Amestoy, Miguel de la Quadra Salcedo, Valerio Lazarov, Félix Rodríguez de la Fuente y José María Íñigo.

Luego llegaría el modelo democrático que trajo la Transición, con una televisión que se parecía a la BBC, en la llamada «etapa Castedo », la más esplendorosa del medio. O la televisión «beligerante» de Calviño, que intentó recuperar la memoria histórica mutilada por los vencedores de la Guerra Civil.

En la década de los setenta la televisión era la morada de los dioses: de las estrellas de Hollywood, de los escritores de renombre, de las gentes con glamour. Ahora, por el contrario, es el territorio de la ordinary people, de la gente vulgar que te abruma con sus historias sórdidas y repetitivas. Y, sobre todo, de un star system reclutado entre los más vividores, gente ociosa sin oficio, pero sí con beneficio.

En La década abominable (1989-1998) cuento cómo la pérdida del monopolio no trae la oferta de una televisión mejor sino que, por el contrario, la pública comienza a degradarse. Penetran la «caspa» y la zafiedad y aparecen una serie de monstruos mediáticos creados por las propias televisiones que parecen sacados del «todo a cien». Zafiedad, caspa, frivolidad.

Inauguramos, hace escasamente una década, una nueva etapa donde la telebasura se ha ido apoderando de una parte sobresaliente de la programación de nuestra televisión, y a ello han contribuido dos factores clave: la baratura del producto y la complicidad de una sociedad como la española, de bajo nivel cultural en su mayoría.

Como dice el filósofo José Antonio Marina: «Nos estamos muriendo de aburrimiento y de desánimo, gordos y tranquilos como animales domésticos... Se lee muy poco, nuestros jóvenes tienen dificultades para comprender un texto, el interés popular por la cultura es más turístico que real, hay campos como la música muy descuidados, y la programación de las televisiones se desliza hacia un encanallamiento light

La oferta se ha hecho clónica y casi todo es igual. Y no es del todo cierto que al espectador se le sirve lo que compulsivamente pide: porque el espectador no pide, en todo caso elige, y es muy difícil en la televisión generalista elegir porque hay plato único. Es mentira que los mensajes de la telebasura sean intrascendentes, frivolones: crean estilos de vida, concepciones del mundo, paradigmas sociales, gustos estéticos.

¿Qué modelo de sociedad estamos inculcando a los jóvenes? ¿Sabían ustedes que setecientos treinta mil niños de hasta doce años ven la televisión a diario después de las diez de la noche? Cada vez hay más adolescentes que contemplan programas nocturnos solos en su habitación.

¿Qué cultura estética les ofrecemos? ¿Nuestros adolescentes preferirán ser tertulianos de Crónicas marcianas a estudiar biología molecular? ¿Qué modelo de sociedad? ¿Cómo se explica la obscena cobertura que han dedicado los medios a la muerte de Carmen Ordóñez y el escas


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